Te quedaste con la imagen clavada en la cabeza y viniste corriendo a ver cómo terminaba todo, así que prepárate porque esto apenas empieza.
La llave todavía estaba caliente en su mano cuando Pablo sintió que el aire del pasillo se le metía en los pulmones como vidrio molido. No había terminado de girar la perilla y ya sabía. Lo supo por el silencio. Un silencio denso, sucio, de esos que no deberían existir en una casa donde supuestamente todos estaban durmiendo.
Había vuelto antes de lo previsto. El vuelo desde Medellín se adelantó dos horas y él, en vez de avisarle a Lorena, quiso darle la sorpresa. Compró unos buñuelos en el aeropuerto, todavía tibios, porque a ella le encantaban. Los traía en una bolsa de papel que ahora le temblaba entre los dedos.
La puerta del cuarto principal estaba entreabierta. Adentro, la lámpara de noche estaba encendida, esa lámpara que él mismo había comprado en un almacén de la 80 cuando se mudaron. Y adentro, sobre la cama que él pagó con tres años de trabajo, estaba Lorena. Con Andrés.
Andrés. Su mano derecha. El muchacho que entró a la empresa hace seis años como mensajero y que él subió a jefe de operaciones porque le vio hambre, porque le vio lealtad, porque le vio eso que uno reconoce en los ojos de alguien que viene de abajo. Ese mismo Andrés.
Pablo no gritó. Eso fue lo primero que le llamó la atención a su propio cuerpo: que no gritó. Se quedó parado en el marco de la puerta, con la bolsa de buñuelos colgando de la mano izquierda, mirando la escena como si fuera una película que alguien más estaba proyectando en la pared de su vida.
Los dos se destaparon al mismo tiempo. Lorena jaló la sábana hasta el cuello, y Andrés, con una torpeza que daba hasta lástima, se levantó de la cama buscando el pantalón. Ninguno de los dos dijo nada durante los primeros cuatro segundos.
Después empezó el show.
El intercambio de culpas
Fue Lorena la que habló primero. Se sentó en la cama con la sábana apretada contra el pecho, se acomodó el cabello con una mano, y dijo la frase que Pablo recordaría por el resto de su vida.
—Esto no es lo que parece, Pablo. Él me obligó.
El silencio que siguió fue peor que el anterior. Andrés, que estaba a medio vestir, se volteó a mirarla con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué? —dijo él.
—Me amenazó —siguió Lorena, y su voz ya venía con ese tono que usan las personas cuando descubren que la mentira les puede salvar el pellejo—. Dijo que si no hacía lo que él quería, te iba a contar cosas falsas de mí. Cosas de la empresa. Me tenía asustada, Pablo. Te juro por mi mamá que me tenía asustada.
Pablo no se movió. La bolsa de buñuelos se le estaba enfriando en la mano.
Andrés terminó de subirse el pantalón y se pasó una mano por el pelo. Estaba pálido. Tenía esa palidez de los hombres que saben que en cualquier momento se les cae el mundo encima.
—No es cierto —dijo, mirando a Pablo pero señalando a Lorena con la barbilla—. Ella fue la que me buscó. Hace meses. Me llamaba a la oficina después de que usted se iba, me mandaba mensajes, me esperaba en el parqueadero.
—Mentiroso —escupió Lorena.
—Usted me dijo que él ya no la tocaba —siguió Andrés, y ahora la voz le temblaba—. Usted me dijo que dormían en cuartos separados. Usted me dijo que él tenía otra.
—Cállate.
—Usted me dijo que si yo no la acompañaba, se iba a sentir sola. Que yo era el único que la entendía.
Pablo seguía sin moverse. Pero por dentro algo se le estaba rompiendo de una manera distinta a como se rompió cuando abrió la puerta. Porque ahora ya no era solo el dolor de la infidelidad. Era el dolor de darse cuenta de que los dos, los dos, estaban dispuestos a pisotearse mutuamente con tal de salvarse.
—¿Y tú? —le preguntó Pablo a Andrés. Su voz salió ronca, pero firme—. ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué no me dijiste?
Andrés bajó la mirada.
—Porque me gustaba —dijo, casi en un susurro—. Porque ella me hacía sentir que yo valía algo.
Lorena soltó una risa amarga.
—Ay, por favor. No me vengas con cuentos de novela. Tú lo que querías era mi cuerpo y el puesto que mi marido te podía dar.
—¿Y usted qué quería, entonces? —le respondió él, ya sin miedo—. ¿Quería un marido que la mantuviera y un amante que la entretuviera?
—¡No te atrevas a hablarme así!
—¡Bájese de esa nube, señora! ¡Usted me buscó a mí!
—¡Yo no busqué a nadie!
Pablo levantó la mano. No para golpear a nadie. Solo la levantó, con la palma abierta, y los dos callaron al mismo tiempo. Era increíble cómo todavía le obedecían. Después de todo lo que habían hecho, todavía le obedecían.
Se quedó mirándolos un rato largo. A Lorena, con su cabello revuelto y los ojos llenos de lágrimas de cocodrilo. A Andrés, con la camisa al revés y los pies descalzos sobre la alfombra. A los dos, en el cuarto que él había construido con su sudor.
—Vístanse —dijo al fin—. Los espero abajo.
Y cerró la puerta sin azotarla. Ese fue el detalle que más le dolió después: que ni siquiera tuvo fuerzas para azotar la puerta.
Los diez minutos más largos de su vida
Bajó las escaleras despacio. La casa estaba a oscuras, solo la luz de la cocina encendida, y él se sentó en la mesa donde todas las mañanas desayunaba con Lorena. La misma mesa donde hacía tres semanas habían discutido por un viaje que ella quería hacer a Cancún. La misma mesa donde, según los mensajes que después encontraría en el celular de ella, ya se estaba escribiendo con Andrés desde mucho antes.
Puso la bolsa de buñuelos sobre la mesa. Los buñuelos ya estaban fríos.
Se pasó las manos por la cara y respiró hondo. Tenía cuarenta y siete años. Había levantado una empresa desde cero, había pasado noches sin dormir, había aguantado tres crisis económicas y una vez le habían puesto una pistola en la cabeza en un atraco. Pero nada de eso se comparaba con lo que estaba sintiendo en ese momento.
No era solo el engaño. Era la escena. La manera en que los dos, en menos de treinta segundos, se habían volteado en contra del otro para salvarse. Sin pensarlo. Sin dudarlo. Como si el amor que decían sentir el uno por el otro no hubiera existido nunca.
Eso era lo que le dolía de verdad. No la traición del cuerpo. La traición del alma.
Ocho minutos después, Lorena bajó primero. Se había puesto una bata y se había recogido el cabello. Venía con esa cara de víctima que él conocía tan bien, la misma que usaba cuando discutían y ella quería ganar.
—Pablo, mi amor, escúchame…
—Siéntate.
Se sentó. Tres minutos después bajó Andrés, ya con la camisa bien puesta, con el cabello mojado como si se hubiera echado agua en la cara. Se quedó parado junto a la puerta de la cocina, sin atreverse a pasar.
—Siéntate tú también —le dijo Pablo—. Aquí no hay jerarquías esta noche. Aquí somos tres adultos que van a hablar como adultos.
Andrés se sentó en la silla del extremo, lo más lejos posible de Lorena. Ella ni lo miró. Los dos estaban esperando turno, como dos muchachos que saben que van a ser regañados y están midiendo quién recibe el golpe más fuerte.
Pablo los miró uno por uno. Después miró el reloj de la pared: las doce y tres minutos de la madrugada. Después miró la bolsa de buñuelos, todavía sobre la mesa.
—¿Saben qué es lo peor? —dijo, con una calma que a los dos les heló la sangre—. Que yo no los odio. Los desprecio. Es distinto.
Lorena abrió la boca para decir algo, pero Pablo la cortó con un gesto.
—No. Ustedes dos van a escuchar. Yo ya escuché suficiente allá arriba. Ahora les toca a ustedes.
Y ahí empezó lo que ninguno de los dos esperaba.
Lo que Pablo ya sabía
—Lorena —dijo, mirándola a los ojos—. ¿Cuándo empezó esto?
—Pablo, yo te juro por Dios que…
—¿Cuándo empezó?
Ella se quedó callada. Miró a Andrés, como buscando ayuda, pero Andrés estaba mirando el piso.
—Hace ocho meses —dijo al fin, con la voz pequeñita.
Pablo cerró los ojos. Ocho meses. Ocho meses en los que él había viajado por trabajo, había llegado a la casa cansado, le había dado un beso en la frente antes de dormir. Ocho meses en los que le había contado a Andrés los problemas de su matrimonio, porque confiaba en él. Ocho meses en los que los dos se habían estado riendo de él a sus espaldas.
—¿Y tú? —le preguntó a Andrés.
—Hace siete —dijo él—. Ella me buscó a mí primero. Yo lo juro, jefe. Yo no quería, pero ella insistió y yo… yo me dejé llevar. Me arrepiento, de verdad.
—Claro que te arrepientes —dijo Pablo—. Te arrepientes porque te agarraron. No porque lo hicieras.
Andrés no respondió.
Pablo se levantó de la silla y caminó hasta la ventana de la cocina. Afuera estaba lloviendo. La calle estaba vacía, con esa soledad de los barrios residenciales a medianoche. Pensó, por un segundo, en todas las cosas que había dejado pasar por estar trabajando. En los fines de semana que se quedó en la oficina. En las noches que llegó tarde. En las veces que Lorena le dijo "ya no me miras como antes" y él le respondió "es que estoy cansado".
No estaba buscando excusas para ella. Pero tampoco se estaba mintiendo a sí mismo.
—Yo tengo mi parte —dijo, sin voltearse—. Lo reconozco. Me dediqué más al trabajo que a mi casa. Eso no justifica nada, pero lo reconozco. Lo que no reconozco es que los dos me hayan mentido durante ocho meses. Lo que no reconozco es que hoy, cuando los descubrí, en vez de pedirme perdón, se hayan puesto a pelear entre ustedes como dos ratas en un costal.
Se volteó. Los dos estaban con la cabeza baja.
—Eso es lo que me rompe —siguió Pablo—. No el sexo. El sexo es un acto. Lo que ustedes hicieron fue una construcción. Durante ocho meses planearon cómo engañarme, cómo ocultarme cosas, cómo fingir. Ocho meses de mentiras coordinadas. Eso es otra cosa. Eso es otra categoría.
Lorena empezó a llorar. Lloraba de verdad esta vez, con esa respiración entrecortada de la gente que ya no puede fingir más. Pero Pablo ya no se conmovía con eso.
—Y ahora —dijo—, lo que va a pasar es lo siguiente.
La ruptura
Se acercó a la mesa y se quedó parado frente a los dos. La luz de la cocina le pegaba de lleno en la cara, y por primera vez en toda la noche parecía más alto, más grande, más dueño de la situación que nunca.
—Lorena, mañana te vas de esta casa. No porque yo te eche, sino porque aquí ya no tienes nada que hacer. Puedes llevarte tus cosas personales, tu ropa, tus cremas, lo que sea. Todo lo demás se queda. La casa es mía, la compré con mi dinero antes de casarnos. El carro también. La tarjeta de crédito te la bloqueo en este momento.
Lorena abrió la boca para protestar.
—No me interrumpas —dijo Pablo, y ella se calló.
—Andrés, tú mañana te vas de la empresa. Te voy a pagar tu liquidación completa, hasta el último peso, porque no quiero que digan que yo soy un abusador. Pero no quiero volver a verte. Nunca más. Si te veo en la calle, cambio de acera. Y de aquí en adelante, olvídate de mí.
Andrés asintió con la cabeza, sin decir nada.
—Y ahora viene la parte que les va a doler más que todo lo anterior —siguió Pablo, y se tomó su tiempo—. Los dos van a salir de esta casa juntos. Ahora. En este momento. Se van a ir en el mismo carro, y van a resolver entre ustedes dónde van a dormir esta noche. Porque yo no voy a permitir que uno se quede y el otro se vaya. Si tanto se querían, tanto se buscaban, tanto se decían, ahora van a tener que demostrarlo fuera de mi techo.
Los dos se miraron por primera vez en toda la noche. Y en ese intercambio de miradas Pablo vio todo lo que necesitaba ver: el pánico. El terror puro de dos personas que descubren, en el peor momento posible, que en realidad el otro no era lo que pensaban.
—Pero Pablo… —empezó Lorena.
—Se van las dos. Ya.
Y entonces pasó lo que nadie esperaba
Lorena se levantó de la silla y caminó hacia Pablo con los brazos abiertos, buscando abrazarlo, buscando suplicarle, buscando algo. Pablo se quedó quieto. La dejó acercarse. La dejó ponerle las manos en el pecho. La dejó llorar contra su camisa.
Y después hizo algo que ninguno de los dos vio venir.
La tomó de los hombros, la separó de su cuerpo con una delicadeza que daba miedo, y le dijo:
—Lorena, yo te amé durante catorce años. Te amé de verdad. Pero hoy, en esos diez minutos en los que tú le echaste la culpa a él y él te echó la culpa a ti, yo entendí algo que me va a servir para toda la vida. Y es que el amor que ustedes se tenían nunca fue amor. Fue conveniencia. Fue hambre de cosas que no podían conseguir solos. Y eso, mi amor, eso no se llama amor. Eso se llama negocio.
Lorena se quedó helada.
—Y ahora —siguió Pablo—, quiero que sepas algo más. Algo que no sabes, y que no vas a saber hasta que salgas de esta casa.
—¿Qué? —preguntó ella, con la voz quebrada.
Pablo la miró. Después miró a Andrés. Después miró a los dos, juntos, y por primera vez en toda la noche sonrió. Pero no era una sonrisa de triunfo. Era una sonrisa triste, cansada, de esas que solo se le aparecen a los hombres cuando ya lo perdieron todo y ya no tienen nada que perder.
—Andrés —dijo—, ¿tú sabes qué es lo que yo hice esta tarde en Medellín?
Andrés negó con la cabeza.
—Me reuní con un inversionista para vender la empresa. Toda. Completa. Cerramos el trato a las cinco de la tarde. En dos semanas, esta empresa ya no va a ser mía. Va a ser de un grupo inversionista que va a hacer una reestructuración total. Todos los cargos gerenciales se van a eliminar. Todos. Incluyendo el tuyo, Andrés.
El silencio que siguió fue el más pesado de toda la noche.
Lorena se llevó las manos a la boca. Andrés se quedó blanco, blanco de verdad, como si le hubieran echado un balde de agua fría por dentro.
—Te iba a dar la noticia mañana —siguió Pablo, con una calma quirúrgica—. Te iba a decir que la venta era buena, que íbamos a salir bien, que te iba a dar una bonificación por los seis años. Pero ya no. Ya no te voy a dar nada. La liquidación es lo único. Y la liquidación no la vas a poder pelear, porque es la que dice la ley, ni un peso más.
—Jefe… —empezó Andrés.
—No me digas jefe. Yo ya no soy tu jefe desde hace siete meses. Tú mismo lo dijiste.
Se volteó hacia Lorena.
—Y tú. Tú tampoco vas a poder pelear nada en el divorcio. Porque el acuerdo prenupcial que firmamos cuando nos casamos sigue vigente. Todo lo que es mío, es mío. Tú no vas a ver un peso de la venta de la empresa. Ni un peso.
Lorena cayó de rodillas en la cocina. Literalmente, se dejó caer, como en las películas. Pero Pablo no se movió.
—Y ahora sí —dijo—, se van.
Lo que Pablo no les dijo
Se fueron. Agarraron sus cosas, se subieron al carro de Lorena y se fueron. Pablo los vio alejarse desde la ventana de la cocina, con la lluvia pegándole a los vidrios, y por primera vez en toda la noche se permitió llorar. Lloró despacio, sin hacer ruido, como lloran los hombres que han aprendido a llorar solos.
Pero lo que Pablo no les dijo, y lo que yo les voy a contar a ustedes ahora, es lo que pasó después.
Porque la historia no termina ahí. La historia termina dos semanas después, cuando la venta de la empresa se cayó por una cláusula que el inversionista no quiso firmar. Y Pablo, que ya había firmado la carta de intención, quedó libre otra vez. Libre y con la empresa intacta.
Libre y con la oportunidad de volver a empezar.
Lo que Pablo no les dijo a Lorena y a Andrés esa noche fue que él ya sabía lo de ellos desde hacía tres meses. Su abogado le había mandado las pruebas en un sobre cerrado, con fotos, con fechas, con todo. Y él había decidido no decir nada. Había decidido dejar que el destino hiciera lo suyo. Había decidido esperar.
Esperó a que Andrés se confiara. Esperó a que Lorena se confiara. Esperó a que los dos, en su propia trampa, se delataran solos. Y esa noche, cuando abrió la puerta y los encontró, no fue casualidad. Él ya sabía que estaban ahí. Ya sabía que iba a pasar. Por eso compró los buñuelos. Por eso no gritó. Por eso los dejó hablar.
Porque quería verlos. Quería verlos desnudos, no de cuerpo, sino de alma. Quería verlos traicionarse mutuamente. Quería verlos mostrar, con sus propias palabras, la clase de personas que eran por dentro.
Y lo vio.
Lo vio todo.
Y cuando Lorena se le acercó a llorar contra su camisa, él ya había tomado la decisión más importante de su vida: no volver a confiar nunca más en nadie que no se lo hubiera ganado con hechos, no con palabras.
Esa noche, cuando se quedó solo en la casa, Pablo subió al cuarto, cambió las sábanas, abrió la ventana para que se fuera el olor, y se sentó en la cama. Eran las tres de la mañana. Llovía. Y él, por primera vez en catorce años, sintió que estaba en paz.
No era una paz feliz. Era una paz triste. Pero era paz.
A la mañana siguiente desayunó solo. Solo por primera vez en mucho tiempo. Solo, con la casa vacía, con la mesa sin mantel, con el silencio llenándole todo. Y se dio cuenta de que, aunque dolía, ese silencio era mejor que el silencio de las mentiras.
Dos semanas después, cuando se cayó la venta de la empresa, se rió. Se rió solo, en la oficina, con la puerta cerrada. Se rió porque entendió que el universo le estaba dando otra oportunidad. Que no se había salvado solo de una infidelidad. Se había salvado de una vida entera de fingir.
Y ahora, mientras te estoy contando esto, Pablo está en su oficina. Son las cinco de la tarde. Está revisando los números del mes. Y en su escritorio hay una foto de él, solo, en un viaje que hizo a Cartagena hace tres años. La foto estaba escondida en un cajón, porque a Lorena no le gustaba que la tuviera. Ahora está sobre el escritorio. A la vista de todos.
Porque Pablo aprendió algo esa noche que tú y yo deberíamos aprender también. Y es que a veces, cuando la vida te rompe, no te está castigando. Te está liberando.
Y hay algo más que tienes que saber
Porque esta historia no termina con Pablo solo en su oficina. Esta historia sigue. Y sigue porque hay algo que Pablo no le contó a nadie, y que ahora te va a contar a ti.
Mira, si estás leyendo esto, fue porque viste la historia en ese otro lugar. Viste la escena, viste los zapatos, viste la puerta. Y te quedaste con la curiosidad. Y esa curiosidad te trajo hasta acá, hasta la parte que no te habían contado.
Pero hay algo más. Hay algo que ni Lorena ni Andrés saben. Hay algo que Pablo guarda en el pecho como un secreto que le quema, y que por fin, hoy, después de todo lo que pasó, está listo para soltar.
Y ese secreto es este.
Pablo sabe dónde viven ahora. Sabe dónde se fueron esa noche. Sabe dónde durmieron. Sabe lo que pasó entre ellos después de que salieron de la casa. Sabe que esa misma noche, en el carro, a dos cuadras de la casa, Lorena le dijo a Andrés que se fuera, que la dejara sola, que ella iba a resolver su vida por su cuenta. Sabe que Andrés se bajó del carro bajo la lluvia y se fue caminando. Sabe que Lorena manejó hasta la casa de su mamá. Y sabe que desde entonces no se han vuelto a ver.
Pero eso no es lo importante.
Lo importante es lo que Pablo va a hacer ahora. Porque Pablo tomó una decisión. Pablo decidió que no se va a vengar. Pablo decidió que no va a buscar a Lorena. Pablo decidió que no va a mandarle mensajes a Andrés. Pablo decidió que no va a hacer nada de nada. Porque entendió que el mejor desquite no es el que se hace contra el otro. El mejor desquite es el que se hace contra uno mismo.
Y por eso, la próxima vez que tú y yo lo veamos, Pablo va a estar mejor. Pablo va a estar con otra persona. Pablo va a estar viviendo una vida nueva, en una casa nueva, con una sonrisa nueva. Y Lorena y Andrés van a seguir siendo lo que son: dos personas que se traicionaron mutuamente, dos personas que no pudieron sostenerse el uno al otro ni cinco minutos, dos personas que en el fondo nunca fueron nada para nadie.
Esa es la venganza de Pablo. No gritar. No golpear. No demandar. Solo seguir adelante. Solo levantarse cada día y decidir, todos los días, que la vida sigue y que él también.
Y ahora, antes de que cierres esta página, quiero decirte algo a ti, que llegaste hasta acá. Si tú estás pasando por algo parecido, si tú estás en medio de una traición, si tú estás en la mitad de una historia como la de Pablo, no te desesperes. No busques venganza. No busques justicia. Busca paz. Busca silencio. Busca esa soledad que duele al principio y después te libera.
Porque el día que entiendas que perder a alguien así no es perder, sino ganar, ese día vas a estar libre. Y vas a hacer lo mismo que hizo Pablo: vas a desayunar solo, vas a abrir la ventana, vas a cambiar las sábanas, y vas a empezar de nuevo.
Y cuando alguien te pregunte qué pasó, tú vas a sonreír. Y vas a decir, como Pablo, que no pasó nada. Que simplemente, una noche, mientras llovía, todo se rompió. Y que después de la lluvia, salió el sol.
Pero hay algo más. Hay algo que Pablo me pidió que te dijera si llegabas hasta el final.
Me pidió que te dijera que no todo está cerrado. Que hay una parte que no se cerró todavía. Que Lorena tiene algo en su poder que Pablo no sabe que ella tiene. Y que cuando Pablo lo descubre, cuando Pablo abra ese cajón que todavía no ha abierto, todo va a cambiar otra vez.
Porque Pablo dijo una cosa terrible esa noche, mientras veía alejarse el carro de Lorena por la ventana de la cocina. Dijo algo en voz baja, algo que nadie escuchó, algo que solo él y las paredes de la casa saben.
Dijo: "Esto no se queda así."
Y cuando Pablo dice algo así, cuando Pablo se queda callado, cuando Pablo ve alejarse a alguien sin gritar, sin pelear, sin llorar en público… cuando Pablo hace eso, es porque está planeando algo.
Pero ya no es contra ellos.
Es contra sí mismo.
Pablo va a vengarse de la única persona contra la que no se puede vengar nadie: de la versión de sí mismo que permitió que todo esto pasara. Pablo va a matar al Pablo que se quedaba callado, al Pablo que aguantaba, al Pablo que fingía que estaba todo bien cuando en realidad estaba todo mal.
Y cuando ese Pablo nuevo esté listo, cuando ese Pablo nuevo salga a la calle, va a hacer algo que Lorena y Andrés no van a poder creer. Va a construir una vida tan grande, tan ancha, tan luminosa, que ellos, desde donde están, van a verla y van a entender que el verdadero castigo no es la venganza.
El verdadero castigo es el éxito del otro.
Y entonces, ahí, cuando Pablo esté feliz, cuando Pablo esté completo, cuando Pablo esté en paz, va a pasar lo que tenía que pasar. Lorena va a buscarlo. Lorena va a llamarlo. Lorena va a llorar. Y Pablo, con esa calma que solo tienen los hombres que han resucitado, le va a decir una sola frase.
Una frase que va a hacer temblar a Lorena. Una frase que va a hacer que Andrés entienda, por fin, que perdió la oportunidad de su vida. Una frase que va a hacer que todos los que lean esta historia entiendan que la verdadera victoria nunca es contra el otro.
La frase es esta:
"Ya no me acuerdo de ti."
Y esa, mi gente, esa es la venganza más dulce de todas. No la que grita. No la que golpea. No la que mata. Sino la que olvida. La que sigue. La que vive.
Pablo todavía no ha dicho esa frase. Pablo todavía está en el proceso. Pablo todavía está aprendiendo a estar solo, a desayunar solo, a dormir solo, a reírse solo. Pero te aseguro que va a llegar. Y cuando llegue, cuando Pablo mire a Lorena a los ojos y no sienta nada, absolutamente nada, ese día va a saber que ganó.
Y tú, que leíste hasta acá, tú también puedes ganar. No importa lo que estés viviendo. No importa a quién hayas perdido. No importa cuánto te duela. La vida sigue. El sol sale. Los buñuelos se enfrían, pero mañana se pueden comprar otros. Y tú, como Pablo, puedes abrir la puerta de tu vida y encontrar algo nuevo esperándote del otro lado.
Solo tienes que animarte a abrirla.
Y ahora sí, cierra esta página. Cierra esta historia. Cierra este capítulo. Y ojalá que mañana, cuando despiertes, seas un poquito más Pablo que ayer. Un poquito más fuerte. Un poquito más libre. Un poquito más tú.