Quienes ya vieron cómo empezaba esto saben que hay un momento en el que todo se puede torcer. Este es ese momento, contado desde adentro.
El zumbido de un fluorescente viejo era lo único que se oía en el galpón. Un parpadeo intermitente caía sobre las bolsas de lona apiladas contra la pared de bloques, y el aire olía a humedad, a gasoil y a polvo de cemento recién removido. Afuera, la noche del puerto se tragaba los ruidos. Adentro, un hombre contaba.
Los billetes formaban torres sobre una mesa de madera astillada. Fajos verdes, bien prensados, ordenados como ladrillos. Tres millones de dólares en efectivo que no estaban destinados a quedarse mucho tiempo en ese lugar.
El jefe se llamaba Nelson, aunque casi nadie en el bajo mundo lo llamaba por su nombre. Tenía los brazos cubiertos de tinta hasta la muñeca: un dragón que le subía por el antebrazo derecho, una cadena con la fecha de nacimiento de su hijo en el izquierdo. La camisa arremangada, el reloj de acero, la barba de tres días. Un tipo que hablaba poco y miraba mucho.
Y en el rincón, sobre un sofá desvencijado que alguien había arrastrado hasta ahí, dormía un niño de siete años con la chaqueta puesta.
El niño en el rincón
Se llamaba Matías. Había llegado con su papá porque esa noche no había otra opción: la madre estaba de viaje en la costa visitando a una hermana enferma, y Nelson no podía dejarlo solo. Le dijo que iba a una reunión de trabajo, que se llevara el celular cargado y la mochila con el sándwich.
Matías se había quedado dormido en mitad de una partida de un juego de naves en la pantalla pequeña. Tenía la boca entreabierta y el flequillo aplastado contra la mejilla. Una figurita de plástico le colgaba de la mano.
Nelson lo miraba cada tanto, de reojo, sin dejar de contar.
—Jefe, esos dos todavía no han cuadrado —dijo uno de los hombres, un flaco de gorra que se llamaba Ramiro y que llevaba media hora pasando los fajos de una pila a otra.
—Vuélvelos a contar —respondió Nelson, sin alzar la vista.
—Ya los conté tres veces.
—Cuéntalos una cuarta.
Ramiro resopló, pero no discutió. A su lado, un tipo fornido con camiseta negra y un tatuaje de virgen en el cuello revisaba las cajas del fondo con una linterna pequeña. Otros dos montaban guardia junto al portón metálico, fumando a escondidas y hablando en voz baja de un partido de fútbol.
El galpón estaba en una zona franca del puerto, entre contenedores oxidados y una bodega abandonada. Se entraba por un camino de tierra que no aparecía en ningún mapa. Nadie llegaba ahí por casualidad.
Nelson sacó el teléfono, revisó la hora y lo guardó. Faltaban veinte minutos para la entrega.
—¿La mercancía está completa? —preguntó al fornido.
—Toda, jefe. Los catorce bultos.
—¿Revisaste el sello del último?
—Se lo revisé dos veces.
Nelson asintió. Era un tipo metódico, y esa noche lo estaba siendo más que nunca. Algo le picaba en la nuca desde que había entrado al galpón, esa sensación de que un hilo se estaba tirando desde algún lado y él no alcanzaba a ver dónde.
La llamada
El teléfono sonó a las once y cuarto. No era el de Nelson. Era el de Ramiro, que lo tenía en la mano cuando la pantalla se iluminó.
—Jefe, es Dante.
Nelson estiró la mano y tomó el aparato.
—Dante. ¿Dónde estás?
La voz al otro lado llegó entrecortada, con ese acento colombiano que Nelson conocía desde hacía seis años y que nunca había terminado de aprender a descifrar del todo.
—Aquí, en el camino. Se me complicó salir del centro. Hay un retén.
—¿Un retén de quién?
—No sé. Militares, creo. Pero ya voy para allá.
Nelson miró el portón metálico. Miró a sus hombres. Miró al niño dormido.
—Tú me dijiste que esta noche no había operativo.
—Y no había. Esto debe ser otra cosa.
—Dante, la entrega es a las once y media. Si no llegas, se nos cae.
—Voy a llegar. Dame quince minutos.
Colgó. Nelson dejó el teléfono sobre la mesa, entre dos fajos, y se quedó mirándolo como si el aparato pudiera contestarle algo.
—¿Todo bien? —preguntó Ramiro.
—No.
—¿Qué dijo?
—Que viene.
—Entonces todo bien.
—No. Él dijo que venía. No dijo de dónde.
Nelson se apartó, sacó su propio teléfono y llamó a otro número. Un contacto que llevaba años trabajando con él en el puerto, un tipo que sabía todo lo que pasaba en las carreteras de la zona. Hablaron cuarenta segundos. Nelson escuchó casi todo el tiempo.
Cuando colgó, tenía la mandíbula apretada.
—No hay retén —dijo.
—¿Cómo?
—Me dijo que no hay ningún operativo en la carretera. Ni militar, ni policial. Nada.
El fornido apagó la linterna.
—Entonces Dante nos está mintiendo.
Nelson no contestó. Caminó hasta la mesa, tomó uno de los fajos, lo sopesó y lo dejó caer con un golpe sordo.
—Revisen los bultos otra vez —dijo, con una calma que daba más miedo que un grito—. Todos. Desde el primero.
Catorce bultos, trece completos
Tardaron ocho minutos. Ocho minutos en los que el galpón se llenó de un ruido de cierres, correas y cajas arrastradas, y en los que Matías se movió en el sofá sin despertarse, buscando una posición más cómoda.
El fornido volvió con la cara cambiada.
—Jefe.
—¿Qué?
—El bulto siete.
—¿Qué tiene el bulto siete?
—Está abierto. Y no tiene lo que debería tener.
Nelson no se movió de donde estaba. Pero algo en su espalda se tensó, un hilo invisible que se estiró de golpe.
—¿Cuánto falta?
—No es que falte mercancía, jefe. Es que la cambiaron.
—Explícate.
—Adentro hay piedra. Arena, cemento, no sé. Pero pesa. Pesa casi lo mismo. Alguien lo cambió por peso.
El silencio se hizo espeso. Ramiro miró a los dos hombres del portón. Los dos hombres del portón miraron el piso.
—¿Cuánto? —repitió Nelson.
—Un bulto de los catorce. Pero si el siete está cambiado, capaz que hay más.
Nelson cerró los ojos un segundo. Después caminó hasta el rincón, donde dormía su hijo, y se quedó parado ahí, mirándolo. Matías respiraba despacio. Tenía una mano abierta sobre la chaqueta, como si hubiera soltado algo en sueños.
El jefe se agachó y le acomodó el cuello de la prenda sin despertarlo.
—Ramiro —dijo, sin levantarse—. Llama a Dante otra vez.
—¿Y si no contesta?
—Insiste.
Ramiro marcó. Sonó. Sonó. Sonó. Al séptimo timbre, alguien atendió, pero no era la voz de Dante.
Era una voz que ninguna de las personas en ese galpón reconoció.
—¿Quién habla? —preguntó la voz.
Ramiro cortó de inmediato. Se quedó con el teléfono en la mano, pálido, mirando a Nelson.
—No es él.
Nelson se levantó despacio.
—Dame el teléfono.
—Jefe, no es él. Es otra persona.
—Que me des el teléfono.
Ramiro se lo dio. Nelson marcó el número de nuevo, puso el altavoz y esperó. La voz volvió a contestar, esta vez más rápido.
—¿Nelson?
Nelson no respondió.
—Sabemos que está ahí —dijo la voz—. Sabemos que tiene el niño con usted. No haga nada raro.
El fornido se llevó la mano a la cintura. Los dos del portón se separaron de la puerta, uno a cada lado.
—¿Quién habla? —preguntó Nelson, con la misma calma de antes.
—Alguien que quiere hablar de lo que se llevó su socio. Y de lo que se va a llevar usted si no colabora.
—Mi socio está viniendo.
—Su socio ya está con nosotros, Nelson. Está aquí, sentado, tomando café. Y dice que le está muy agradecido por los años de trabajo.
Nelson miró a Matías. El niño seguía dormido. Por ahora, seguía dormido.
"No vas a lograr nada conmigo aquí"
—Dante no es mi socio —dijo Nelson al teléfono, con una voz que no subía ni bajaba—. Dante es un empleado. Y los empleados que se portan mal se arreglan.
—Muy lindo discurso. Pero aquí no estamos para discursos. Estamos para números.
—¿Qué números?
—Usted tiene tres millones en efectivo en esa bodega. Nosotros tenemos a Dante. Y tenemos algo más.
—¿Qué tienen?
—Tenemos la dirección.
El silencio después de esa frase fue peor que un grito. Ramiro tragó saliva. El fornido se llevó la mano a la boca. Nelson no movió un músculo de la cara.
—Si sabían la dirección, ya habrían entrado —dijo.
—Usted no sabe si ya entramos. Solo sabe que yo estoy en un teléfono.
—Si ya hubieran entrado, no estarían llamando. Estarían adentro.
—Es inteligente, Nelson. Siempre lo supimos. Por eso le estamos dando la oportunidad de hablar antes de que las cosas se pongan feas.
—¿Y qué quieren hablar?
—Una disculpa. Y un arreglo. Usted nos devuelve lo que su socio nos vendió dos veces, nos entrega el efectivo que tiene ahí, y nosotros le dejamos ir con el niño. Sin sangre.
Nelson no contestó.
—¿Me escuchó?
—Le escuché.
—Entonces dígame algo.
—Le voy a decir algo. —Nelson se acercó al teléfono, casi hasta tocarlo—. No voy a negociar con una voz de teléfono. Si quieren hablar conmigo, que vengan. Y que traigan a Dante. Pero no a Dante muerto, ¿escuchó? Quiero verlo con mis propios ojos.
—Eso no está en mis manos.
—Entonces no hay negocio.
Cortó. Dejó el teléfono sobre la mesa, y en ese gesto puso una tranquilidad que no sentía. Después se volvió a sus hombres.
—Nos están observando. No sé cuántos, no sé desde dónde, pero nos tienen cercados.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el fornido.
—Porque si no nos tuvieran, no sabrían que el niño está acá.
Ramiro se pasó la mano por la cara.
—Jefe, deberíamos sacar al chico. Mandarlo con alguien. No podemos…
—No hay nadie —lo cortó Nelson—. No hay nadie afuera que no esté con ellos o que no esté a punto de estarlo. Si sale, lo agarran.
—Entonces qué hacemos.
Nelson miró el galpón. Miró las bolsas, las cajas, las torres de billetes. Miró el portón, las vigas, el techo alto con las lámparas colgando. Estaba armando un mapa en la cabeza.
—Primero —dijo—, despertamos a mi hijo.
Despertar a Matías
El niño abrió los ojos cuando la mano de su padre le tocó el hombro. Al principio no supo dónde estaba. Después vio la cara de Nelson, muy cerca, y sonrió.
—¿Ya nos vamos?
—Todavía no.
—¿Falta mucho?
—Un ratito. Pero necesito que me escuches bien.
Matías se incorporó, se frotó los ojos y buscó la figurita con la mirada. El fornido se la alcanzó. El niño la apretó contra el pecho.
—¿Pasó algo?
—Tenemos visita.
—¿Visita mala?
Nelson se sentó en el borde del sofá. A su lado, el niño parecía diminuto.
—Visita que no queremos. Y hay algo que tienes que hacer por mí.
—¿Qué?
—Cuando yo te diga, te metes debajo de ese escritorio, en el cuarto del fondo, y no sales hasta que yo te busque. ¿Entendiste?
—¿Y si no vienes?
Nelson no contestó de inmediato. Le puso una mano en la cabeza y le revolvió el pelo.
—Voy a venir.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Matías lo miró a los ojos. Tenía la misma mirada del padre: fija, quieta, sin parpadear demasiado.
—Papá.
—¿Qué?
—Los malos siempre están afuera. Me lo dijo mamá.
—Tu mamá dice muchas cosas.
—Pero esta es cierta.
—Por algo me casé con ella, Matías. Porque sabe cosas.
El niño se rio bajito, y por un segundo el galpón dejó de ser un galpón.
Después volvió el ruido del viento contra el portón metálico, y Nelson se levantó.
—Ramiro, llévate al niño al cuarto del fondo. Y quédate con él.
—Jefe, yo puedo…
—Te quedas con él. Es la única orden que no vas a discutir.
Ramiro bajó la cabeza.
—Sí, jefe.
Se llevó a Matías de la mano. El niño caminó hacia atrás, mirando a su padre, con la figurita todavía apretada. Nelson le levantó dos dedos en señal de calma. Matías levantó los suyos y respondió igual.
Fue lo último que se dijeron.
Lo que quedó atrás
El cuarto del fondo era un cubículo de metal que alguna vez había sido oficina. Tenía un escritorio, un taburete y un calendario viejo de una distribuidora de repuestos. Ramiro cerró la puerta y la trabó con una barra de hierro que encontró al lado.
—Agáchate debajo del escritorio —le dijo al niño.
—¿Y tú?
—Yo me quedo aquí, en la puerta. No te preocupes.
Matías se metió debajo del escritorio, con la figurita apretada junto al pecho. Ramiro se sentó con la espalda contra la puerta, sacó la pistola y la puso sobre sus rodillas.
—Ramiro.
—¿Qué?
—¿Mi papá es malo?
Ramiro se quedó callado.
—Mi mamá dice que hace cosas malas —siguió el niño—. Pero conmigo es bueno.
—Tu papá —dijo Ramiro, después de un rato— es un tipo que cuida a los suyos. Y eso, en este mundo, es lo único que importa.
—¿Y por qué nos están buscando los otros?
—Porque unos tipos malos se metieron con él. Y ahora tu papá tiene que defender lo que es suyo.
—¿Lo que es suyo?
—A ti, por ejemplo.
Matías apretó la figurita.
—Yo no quiero que mi papá pelee.
—Yo tampoco.
Afuera, se oyó un ruido. Los dos se quedaron quietos. Ramiro levantó el arma y apuntó hacia la puerta del cuarto, aunque no se veía nada.
No pasó nada más.
Lo que Nelson tenía en la mano
En el galpón, Nelson se quedó con tres hombres. El fornido, que se llamaba Cuéllar, y los dos del portón, un tal Pin y un tal Beto. Los tres lo miraban esperando instrucciones.
—Cuéllar, agarra dos bolsas, las que están marcadas. Las vacías.
—¿Las vacías?
—Sí. Las llenas de arena, como las que dejó Dante. Y llévalas al cuarto del fondo. Que parezcan de las buenas.
—¿Para qué?
—Para que si entran, se lleven algo que no es.
—¿Y si se dan cuenta?
—Se van a dar cuenta. Pero se van a tardar.
Cuéllar se fue a hacerlo. Nelson se acercó a Pin y a Beto.
—Ustedes dos, ¿cuánto ven desde el portón?
—Hacia el camino, poco. Hay un contenedor que tapa.
—¿Y desde arriba?
—Arriba no se puede subir. Las escaleras están oxidadas.
—¿Hasta dónde?
—Hasta la mitad, jefe. De ahí pa' arriba no hay baranda.
Nelson miró el techo del galpón. Las vigas estaban altas, oscuras, con un pasillo de mantenimiento que cruzaba de lado a lado. Se podía llegar por la escalera oxidada hasta la mitad, y después hacer el resto a pulso.
—Beto, necesito que subas. Tú eres el más liviano.
—Jefe, yo no sirvo pa' eso. Me dan vértigo.
—Por eso mismo. No te vas a quedar quieto mirando abajo. Vas a subir, te acuestas boca abajo en la viga, y miras el camino. Si ves algo, me silbas.
—¿Y si no veo nada?
—Entonces no me silbes.
Beto se fue hacia la escalera con cara de funeral. Nelson miró el portón por última vez.
—Cerramos la puerta —dijo—. Y apagamos la mitad de las luces. Quiero que la parte del fondo quede oscura.
Pin lo hizo. El galpón se oscureció de golpe, y los fajos sobre la mesa brillaron un poco menos.
El silbido
Pasaron doce minutos. Doce minutos que Nelson usó para reorganizar todo: las bolsas de mentira junto al cuarto del fondo, las de verdad escondidas detrás de unos tambores, el efectivo repartido en dos mochilas distintas y el teléfono de Ramiro guardado en su bolsillo.
Después se sentó en el taburete, a un lado de la mesa, con la pistola sobre el regazo y la mirada en el portón.
Cuéllar se acercó.
—Jefe, ¿y si son muchos?
—Van a ser muchos.
—¿Y nosotros cuatro?
—Nosotros cuatro, y una luz apagada.
—Eso no es una ventaja.
—Claro que lo es. Ellos esperan a un tipo desesperado apagando la mitad de las luces para que no lo vean. Lo que van a encontrar es otra cosa.
—¿Qué van a encontrar?
—Un tipo que sabe que lo van a encontrar.
Cuéllar no entendió la frase. Nelson tampoco tenía muchas ganas de explicarla.
El silbido llegó a las once cuarenta y dos.
Fue un silbido corto, agudo, que bajó desde las vigas. Nelson se puso de pie de inmediato. Pin y Cuéllar se pegaron a la pared, uno a cada lado del portón. Beto silbó una segunda vez, más largo.
—¿Cuántos? —susurró Cuéllar hacia arriba.
Beto no contestó con palabras. Hizo un gesto con la mano: primero cuatro dedos, después cinco. Después otro gesto, y otro.
—¿Nueve? —preguntó Pin.
Beto negó con la cabeza y repitió los gestos. Al final bajó la mano en señal de "al menos doce".
Nelson cerró los ojos un segundo.
—Ya están aquí —dijo.
"Tú no eres Dante"
Un motor se apagó al otro lado del portón. Después otro. Después tres más, uno detrás de otro, como una fila de moscas posándose.
Después, el silencio.
—Van a tocar —dijo Nelson, en voz baja—. No respondemos. Van a esperar. Van a tocar otra vez. No respondemos. Después van a tirar la puerta. Ahí sí respondemos.
—¿Y si la tiran antes? —preguntó Cuéllar.
—Ahí también.
Los golpes llegaron como Nelson había dicho. Tres toques lentos, separados. Como si viniera un cobrador.
Después, otra vez.
Después, una voz.
—Nelson. Sabemos que estás ahí. Abre, y hablamos como hombres.
Era la misma voz del teléfono. Nelson no respondió. Se quedó quieto, con el arma apuntando al portón.
—Nelson, tenemos a tu socio. Lo vamos a soltar si abres.
Silencio.
—Nelson, tienes hasta las doce.
Faltaban cuatro minutos para las doce. Nelson miró el reloj, después miró la puerta del cuarto del fondo, después miró las vigas donde estaba Beto.
Después hizo algo que nadie esperaba.
Se acercó al portón y habló.
—Dante —dijo.
Al otro lado hubo un murmullo. Después, la voz de siempre, pero más delgada, más cansada.
—Nelson, no les abras. Es una trampa.
—Eso ya lo sé, Dante. Lo que no sé es por qué.
—Me obligaron. Me amenazaron con…
—No me interesa.
—Nelson, yo tengo hijos.
—Yo también.
Silencio.
—Nelson, no abras.
—No voy a abrir.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Lo mismo que tú. Voy a hacer algo que no esperan.
Nelson se apartó del portón y se volvió hacia sus hombres.
—Se están quedando con el tiempo. Cuando entren, van a entrar por la puerta, pero alguien va a intentar subir por arriba o por la parte de atrás. Pin, tú te quedas aquí. Cuéllar, tú vienes conmigo.
—¿A dónde vamos?
—A la parte de atrás. Hay una compuerta en el muro. Si entran, quiero estar arriba de ellos, no enfrente.
—¿Y el chico?
—Ramiro está con él.
—¿Y si Ramiro no puede?
—Entonces yo no puedo tampoco.
El portón cede
El portón cedió a las doce y cuatro.
No cayó de golpe. Lo abrieron con una palanca por los bordes, en silencio, y entraron dos figuras agachadas con las armas al frente. Después dos más. Después cuatro más. Se movían con precisión, con la seguridad de quien ha hecho esto muchas veces.
La luz de las lámparas encendidas les pegó en la cara. Se detuvieron. Miraron la mesa con los fajos. Miraron las bolsas junto al cuarto del fondo. Y no vieron a nadie.
—Adelante —dijo una voz—. No hay nadie.
Entraron todos. Doce, catorce, quizás más. Cubrieron el galpón en abanico, abriendo puertas, revisando detrás de los tambores. Dos de ellos se acercaron al portón del cuarto del fondo y vieron la barra de hierro.
—Aquí hay alguien.
La voz del teléfono volvió a sonar, ahora dentro del galpón.
—Ramiro. Sabemos que estás ahí con el niño. Sal y no te pasa nada.
Ramiro, del otro lado de la puerta, apretó el arma.
—No salgo —dijo, con voz firme—. Y si entran, van a tener que pasar por encima.
—Ramiro, no seas tonto. No queremos que se lastime el niño.
—Yo tampoco.
Un hombre se acercó a la puerta con una palanca. La metió en la rendija. Ramiro escuchó el crujido de la madera.
Entonces, arriba, en las vigas, Beto chifló.
No fue el silbido de antes. Fue un silbido largo, agudo, y todos los hombres en el galpón levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Cuéllar abrió la compuerta del muro norte y disparó al aire. Pin, desde el portón, tumbó la lámpara central de un solo tiro. El galpón se oscureció del todo, y en la oscuridad, un hombre gritó "¡Nos emboscaron!" y otro gritó "¡Arriba, arriba!".
Los disparos no empezaron en el galpón. Empezaron en el pasillo de mantenimiento, en la viga, donde Beto estaba boca abajo con una escopeta que no había usado en cinco años.
La voz que llegó desde el fondo
En el cuarto del fondo, Ramiro se agachó junto al escritorio y cubrió a Matías con su cuerpo. El niño temblaba, pero no lloraba. Tenía los ojos abiertos, enormes, y la figurita apretada con las dos manos.
—Ramiro.
—¿Qué?
—¿Ya viene mi papá?
—Ya viene.
—¿Me lo prometes?
Ramiro se lo prometió con la cabeza, porque la voz no le salía.
Afuera, el ruido era una sola masa. Disparos, gritos, pasos corriendo de un lado a otro. Después, la voz de Nelson, clara, por encima de todo.
—¡Aquí! ¡Estamos aquí!
Ramiro reconoció la voz y entendió lo que estaba haciendo. No estaba llamando a sus hombres. Estaba llamando a los otros. Estaba atrayéndolos hacia la compuerta del muro norte, lejos del cuarto del fondo, lejos de su hijo.
Los disparos se alejaron. Corrieron hacia el otro extremo del galpón. Después hubo un golpe seco, un grito, y el sonido de algo metálico cayendo sobre el piso de cemento.
Y después, el silencio.
Un silencio largo, pesado, que duró más de lo que duraba cualquier silencio de esa noche.
Y entonces una voz, del otro lado de la puerta del cuarto del fondo, que Ramiro reconoció.
—Ramiro, soy yo. Abre.
Ramiro levantó la barra de hierro con las manos temblando.
La puerta se abrió.
En el umbral estaba Nelson. Tenía la camisa manchada en un costado, el brazo apretado contra el cuerpo, y en la otra mano la pistola todavía caliente. Detrás de él, Cuéllar sostenía a un tipo tirado en el piso, y Pin cubría la entrada. Beto bajaba de las vigas, cojeando.
Nelson entró al cuarto. Matías salió de debajo del escritorio corriendo, y su papá se agachó, lo levantó con el brazo que le funcionaba y lo apretó contra el pecho.
—Ya pasó —le dijo, con la voz rota—. Ya pasó.
Matías lloró entonces. Lloró como no había llorado debajo del escritorio, con la cara hundida en el cuello de su padre, con las dos manos aferradas a la camisa.
Nelson no lo soltó.
—Papá —dijo el niño, entre hipos—, tenías la mano dura.
—Tenía miedo.
—Yo también.
—Ya lo sé.
Nelson lo apartó un poco, le limpió la cara con el pulgar y lo miró de frente.
—Ahora escúchame. Lo que pasó hoy no vuelve a pasar. ¿Me entiendes?
—¿Por qué?
—Porque yo no voy a dejar que vuelva a pasar.
Matías lo miró. Tenía los ojos rojos, la nariz sucia y la figurita todavía en la mano.
—No me gusta cuando peleas.
—A mí tampoco.
—Entonces no pelees más.
Nelson no contestó.
Lo que quedó en el galpón
Los otros se fueron. Los que podían caminar se llevaron a los que no. Ramiro contó después: por lo menos ocho heridos, ninguno grave, y dos que se quedaron tirados en el piso y que cargaron entre cuatro. No hubo muertos. Nelson no había querido muertos, y Nelson no había tenido muertos.
Dante no estaba entre ellos.
—Lo sacaron antes —dijo Cuéllar—. Lo dejaron en el camino, en la camioneta. Cuando fuimos a buscar el otro vehículo, ya no estaba.
—Está vivo —dijo Nelson.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me necesitan vivo a mí. Y para eso necesitan a Dante vivo.
Nelson miró el galpón. Las bolsas de arena seguían al lado del cuarto del fondo. Los fajos seguían sobre la mesa. Los tambores seguían escondiendo lo que quedaba.
—¿Y ahora? —preguntó Ramiro.
—Ahora recogemos. Nos vamos al otro lado del puerto. Y llamamos a la familia de Matías.
—¿A la mamá?
—A la mamá.
Ramiro sacó el teléfono. Nelson se sentó en el taburete, con el niño todavía en brazos, y esperó a que sonara.
Del otro lado, después de tres timbres, contestó una voz de mujer.
—Nelson, ¿qué pasa? Es tardísimo.
—Nada, mi amor. Nada.
—¿Por qué me llamas a esta hora? ¿Está todo bien con Matías?
—Está bien. Está aquí conmigo.
—Nelson, dime la verdad.
Nelson miró a su hijo. Matías había cerrado los ojos, agotado, con la figurita todavía apretada.
—Te voy a decir la verdad —dijo Nelson—. Pero no ahora. Mañana, cuando estés de vuelta.
—Nelson.
—Te lo prometo.
Colgó. Dejó el teléfono sobre la mesa, entre los fajos, y se quedó un rato mirando el portón que ya no estaba cerrado.
La figurita
Cuando salieron del galpón, ya eran casi las dos de la mañana. La camioneta esperaba afuera. Ramiro cargó las mochilas. Cuéllar cerró la compuerta del muro norte con un pedazo de cadena.
Nelson caminó hasta la camioneta con Matías dormido en brazos. Lo acomodó en el asiento de atrás, le puso la chaqueta de almohada y le abrochó el cinturón.
Antes de cerrar la puerta, se fijó en la mano del niño.
La figurita seguía ahí. Un astronauta de plástico de dos centímetros, con el casco brillante y una banderita pintada a mano en el pecho.
Nelson se agachó, le acomodó la mano alrededor de la figurita y le cerró los dedos con cuidado.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Nos vamos a casa?
—Nos vamos a casa.
—¿Y mañana jugamos?
—Mañana jugamos.
—¿Y no peleas más?
Nelson se quedó un segundo sin responder.
—Lo voy a intentar.
—No, papá. No lo intentes. Hazlo.
Nelson se rio bajito, un ruido raro, cansado, que le salió del pecho.
—Está bien. Lo hago.
Cerró la puerta.
Subió al asiento del copiloto. Cuéllar arrancó. La camioneta salió del camino de tierra y se metió en la carretera, y el galpón se fue quedando atrás, con la mitad de las luces encendidas y la otra mitad apagada, como una boca abierta.
Nelson miró por el retrovisor. Matías dormía con la figurita en la mano.
Y pensó, por primera vez en muchos años, que había cosas que no valían tres millones de dólares, ni catorce bultos, ni la mitad de un puerto.
Cosas que no se podían cambiar por peso.
Del otro lado del camino, en algún lugar que Nelson todavía no conocía, Dante respiraba. Y el teléfono que había quedado sobre la mesa del galpón volvía a sonar, una y otra vez, en el silencio de la noche.
Nadie lo contestó.
Al amanecer, cuando los primeros camiones empezaron a moverse en el puerto, el galpón ya estaba vacío, la mesa limpia y solamente quedaba, en el piso, una figurita de plástico que alguien había dejado caer sin darse cuenta.
Alguien la levantó. No sabemos quién.
Pero nadie la tiró.