Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
Sebastián miró el reloj del celular: las 11:47 de la noche. Tres minutos menos de lo que Marcado le había dicho, y la mercancía seguía sin aparecer. Contó las cajas una vez más, como si repetir el número pudiera cambiarlo. Doce. Deberían ser dieciocho.
Afuera, en el patio de cemento, la camioneta blanca seguía estacionada con las luces apagadas. Adentro, cuatro de sus hombres esperaban en silencio, y el silencio de esos hombres era peor que cualquier grito. Sebastián llevaba once años en esto y sabía leer ese tipo de quietud. Era el silencio de la gente que ya está calculando cuánto va a perder.
—Llama otra vez —dijo, sin levantar la vista de la libreta.
—Ya van cuatro, jefe. No contesta.
Se pasó la mano por la cara. Tenía cuarenta y dos años, una barba entrecana que se recortaba cada domingo, y un historial de decisiones que lo habían mantenido vivo cuando otros ya estaban muertos. Pero esa noche algo le apretaba el pecho, un presentimiento viejo que no había sentido desde la última vez que casi lo agarraron.
La bodega quedaba en las afueras de San Jerónimo, un pueblo donde todo el mundo sabía quién era quién y nadie preguntaba nada. El techo de lámina crujía con el viento y el foco colgante del centro parpadeaba cada treinta segundos, como si también estuviera nervioso.
—Jefe —dijo uno de los muchachos desde la puerta—. Ahí llega un carro.
Sebastián salió al patio con la mano en la cintura. Un Jetta gris entró despacio, levantando polvo, y se estacionó al lado de la camioneta. De la puerta del conductor bajó un hombre alto, de unos veinticinco años, con una playera negra y una cadena dorada que brillaba bajo la única lámpara del patio.
No venía con las cajas.
—Buenas noches —dijo el hombre, con una calma que a Sebastián no le gustó nada.
—¿Y las otras seis?
El recién llegado se encogió de hombros.
—Se perdieron en el camino.
—Se perdieron —repitió Sebastián.
—Cosas que pasan.
Sebastián sintió cómo sus hombres se acomodaban detrás de él. Los escuchó respirar. Sabía que si daba un paso atrás, todos quedarían expuestos, y sabía también que el otro lo sabía. Era lo que menos le gustaba: el otro no tenía cara de estar improvisando.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Sebastián.
—Eso no importa.
—A mí me importa.
—Alejandro —dijo, después de un silencio demasiado largo—. Alejandro Salcedo.
El nombre cayó en el patio como una piedra en agua quieta. Los hombres de Sebastián se miraron entre ellos. Uno, el más joven, se echó un paso hacia atrás sin darse cuenta.
Sebastián no lo conocía. Pero Salcedo era un apellido que, en esa región, se pronunciaba en voz baja. Y todos sabían que Don Mauricio Salcedo tenía un hijo que iba y venía entre los negocios del padre, aunque nadie lo había visto nunca de frente.
Sebastián respiró hondo.
—Mira, Alejandro. No quiero problemas. Solo quiero las seis cajas que faltan.
—Y yo no las tengo.
—Entonces dime quién las tiene.
El otro sonrió. Fue una sonrisa cansada, como de alguien que ya no está jugando.
—Eso no va a pasar.
Sebastián dio un paso al frente. El muchacho también.
—Estás en mi terreno —dijo Sebastián, con la voz más baja.
—Estoy donde siempre he estado.
Y ahí, en ese cruce de palabras, todo se volvió confuso. Uno de los hombres de Sebastián movió la mano hacia la cintura. El otro también. Alguien gritó "¡no!". Y el disparo salió tan rápido que ni siquiera pareció venir de un arma, sino de la noche misma, como un trueno seco que partió el aire en dos.
Alejandro se llevó las manos al pecho y cayó de rodillas. Miró a Sebastián con una expresión que no era de dolor, sino de sorpresa, como si no hubiera previsto ese final tampoco.
Sebastián se quedó congelado. El arma estaba en el suelo, a medio metro de su propio pie, y no recordaba haberla soltado.
—Jefe —dijo uno de los suyos, con la voz temblando—. Jefe, nos tenemos que ir.
Sebastián se acercó al cuerpo. Se arrodilló. Le buscó el pulso, no por esperanza, sino por la costumbre de confirmar lo que ya se sabe. Nada.
Entonces, con un movimiento torpe, le revisó los bolsillos. Encontró una cartera de piel, gastada, con una foto de un niño de unos seis años, y detrás, un papel doblado con un nombre escrito a mano.
Alejandro Salcedo Ríos. Hijo de Mauricio.
Sebastián se levantó tan rápido que casi se cae. Miró a sus hombres, y en sus caras vio la misma confirmación que sentía en el estómago.
—Nos tenemos que ir. Ya. Ahora.
Subieron a las camionetas sin apagar el foco del patio. Dejaron las doce cajas ahí, sobre el cemento, como si soltarlas pudiera deshacer algo. La carretera estaba vacía y el aire olía a gasolina y a tierra mojada.
El refugio
La casa estaba a cuarenta minutos de ahí, escondida entre árboles, con un portón verde que nadie había pintado en años. Sebastián había comprado esa propiedad a nombre de una tía que no existía, y solo dos de sus hombres sabían cómo llegar.
Entraron en silencio. La sala tenía un sillón viejo, un televisor apagado y una mesa con dos sillas. Afuera, el viento movía las ramas contra la ventana.
Sebastián se sentó en el sillón y se quedó mirando la pared. No prendió la luz. Solo estuvo ahí, con las manos sobre las rodillas, mientras los muchachos se acomodaban en las sillas con los fusiles entre las piernas.
—Jefe —dijo uno—. ¿Y ahora qué?
—Ahora esperar.
—¿Esperar qué?
Sebastián no contestó. Sabía perfectamente lo que venía. Había visto, años atrás, a un hombre que se atrevió a tocar a un sobrino de otro jefe. Lo encontraron tres días después, en el mismo camino por donde había pasado, con un mensaje que nadie se atrevió a leer en voz alta. Y eso había sido por un sobrino. No por un hijo.
—¿Él no sabía quién eras? —preguntó el más joven, desde la esquina.
—No. Yo tampoco sabía quién era él.
—Pero el apellido…
—Yo qué iba a saber. Hay un montón de Salcedo en la región.
—Sí, pero…
—Ya —cortó Sebastián—. Ya.
El silencio volvió. Afuera, un perro ladró a lo lejos. Sebastián se levantó y caminó hasta la ventana.
Pensó en su hija. Tenía nueve años y vivía con la abuela en otra ciudad, a la que le mandaba dinero cada quincena. Pensó en la cara que pondría si algún día veía las noticias.
Pensó en la foto del niño de seis años que Alejandro llevaba en la cartera.
Se sentó de nuevo.
—Jefe —dijo otro de sus hombres, el que había estado con él más tiempo—. Si se enteran de que fuimos nosotros, no van a venir por uno. Van a venir por todos.
—Lo sé.
—Podríamos… hablar con alguien. Buscar un acuerdo.
Sebastián lo miró con una tristeza seca.
—¿Con quién vas a hablar tú? ¿Con el señor que acaba de perder un hijo? ¿Le vas a decir "perdone, fue un malentendido"?
El otro bajó la cabeza.
—Yo lo maté —dijo Sebastián, en voz baja, como si se lo estuviera diciendo a sí mismo—. Yo solo. Ustedes no tienen nada que ver.
—Jefe…
—Cállense. Duérmanse. Mañana vemos.
Nadie durmió. Se quedaron despiertos, con las armas cargadas y los oídos atentos al menor ruido. Sebastián no dejaba de mirar el reloj. Cada minuto que pasaba era un minuto más cerca de lo inevitable.
La noticia
La noticia llegó a Don Mauricio a la una y veinte de la madrugada.
Estaba en su casa, en la parte alta del pueblo, una construcción de dos pisos con rejas negras y un jardín que él mismo cuidaba los domingos. Dormía cuando sonó el teléfono.
—Señor —dijo la voz al otro lado—. Es sobre su hijo.
Don Mauricio se sentó en la cama. Tenía sesenta y tres años, el pelo blanco y una cara que había visto demasiadas cosas. Pero en ese instante su cara era la de un padre.
—¿Qué le pasó?
—Lo mataron. En la bodega de San Jerónimo.
Hubo un silencio de esos que no se llenan con nada.
—¿Quién?
—Estamos averiguando. Parece que fue un tal Sebastián, el de las camionetas de carga.
—¿Por qué?
—No sabemos bien. Algo de una mercancía. Dicen que hubo una discusión.
Don Mauricio colgó. Se quedó sentado en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, hasta que su esposa despertó y le preguntó qué pasaba. No le contestó. Se levantó, se puso los zapatos sin calcetines, y salió al pasillo.
En la planta baja, dos de sus hombres ya estaban ahí, como si el teléfono hubiera sonado también en sus casas.
—¿Ya saben? —preguntó Don Mauricio.
—Sí, señor.
—Que se mueva todo el mundo. Todos. Quiero a todos en la casa de San Jerónimo antes de que amanezca.
—¿Y la mercancía?
—Que se vaya al carajo la mercancía.
Se vistió en silencio. Se puso una camisa blanca, un pantalón oscuro y un rosario en el cuello. En el espejo, su cara no era la de un jefe criminal. Era la de un hombre que había perdido lo único que no se puede recuperar.
Cuando salió al patio, ya había cinco camionetas alineadas. Luego siete. Luego diez. Los vecinos, despiertos por el ruido, se asomaron a las ventanas y cerraron las cortinas en cuanto vieron quién estaba ahí.
Don Mauricio se subió a la primera camioneta, una Suburban negra. Antes de cerrar la puerta, se volteó hacia uno de sus hombres.
—Quiero saber dónde está. No quiero saber su nombre. Quiero saber dónde está.
—Sí, señor.
La caravana salió del pueblo a las dos y diez. Las luces de las camionetas iluminaban el camino de tierra, y el polvo que levantaban se veía a kilómetros. En el primer vehículo, Don Mauricio iba callado, con las manos sobre las rodillas.
Recordó a Alejandro de niño, corriendo en ese mismo patio. Recordó la primera vez que lo llevó a un negocio, cuando tenía dieciséis años, y cómo el muchacho había dicho "yo puedo solo" y él le había dicho "sí puedes".
Recordó la última vez que lo vio. Había sido esa misma semana. Alejandro le dijo "ya me voy, viejo" y él le contestó "cuídate". Y Alejandro se rio y le dijo "siempre".
Las camionetas avanzaron por la carretera. En algún punto, uno de los hombres de Don Mauricio recibió la ubicación exacta de la casa donde se escondían Sebastián y los suyos. La mandó al frente.
Don Mauricio leyó el mensaje en su celular y lo guardó sin decir nada.
A su lado, uno de sus hombres se atrevió a preguntar.
—¿Y cuando lleguemos, señor?
Don Mauricio miró por la ventana. El cielo empezaba a clarear, y las nubes se veían rosadas, como si el día no supiera lo que iba a pasar.
—Cuando lleguemos —dijo, con una serenidad que helaba la sangre—, vamos a preguntar quién fue. Y luego vamos a esperar a que la respuesta no importe.
La caravana siguió avanzando. En la casa del portón verde, Sebastián se asomó por la ventana y vio, a lo lejos, una hilera de luces que avanzaban entre los árboles. Contó nueve, diez, once camionetas.
Se quedó quieto. No corrió. No gritó. Solo se sentó otra vez en el sillón, con la cara entre las manos, y esperó a que la primera camioneta se estacionara frente al portón.
Afuera, el motor se apagó. Se escuchó el chirrido de una puerta al abrirse, y luego unos pasos lentos sobre la tierra. Alguien tocó el portón con los nudillos, tres veces, con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
Y adentro, en la casa, nadie se movió.